I. El resplandor

Despojados de nuestra ropa, Ethan Fear y yo sincronizamos nuestros movimientos al levantarnos sobre una superficie transparente del alto de un espejo de doble fondo. Los restos de nuestro avión habían desaparecido junto con la tripulación. El famoso cantante mostraba su desnudez con la soltura que una celebridad modela para las cámaras. Mientras tanto, yo disimulaba la vergüenza que sentimos algunas mujeres al posar sin ropa interior frente a un hombre. Sonrojada, al caminar cubrí mis pechos con el brazo derecho y mis partes íntimas con la mano izquierda. El último recuerdo que conservo del accidente fue aquel resplandor que brotó de las entrañas de un banco de oscuras nubes. Nuestro destino era el próximo concierto de la estrella de pop. Un jeque árabe y su hija menor esperaban en Marruecos el arribo de nuestro avión. La heredera de una de las fortunas más grandes de Oriente Medio sexteaba con Ethan Fear desde que ambos cumplieron quince. Su fantasía era conocerlo en persona y ser la única asistente a un espectáculo privado. Sin dejar de avanzar, el famoso cantante confesó que la noche anterior a ésta nos conocimos en persona. Por desgracia, no recordaba lo que sucedió horas atrás en la royal suite del Burj Al Arab, así que opté por guardar silencio con el fin de no complicar más nuestra estancia en este lugar.

¿Por qué no bajas los brazos, Minori?, debe ser cansado caminar así.

¿Por qué no te callas?

Es una señal de los tiempos, bienvenida al espectáculo final. Espero que lleves tu mejor ropa ―pronunció cantando la estrella de pop.

¡No puede ser!

¿Qué?

Acaba de estrellarse el avión en el que viajábamos y ahora cantas el estribillo de tu canción más famosa.

No es para tanto, discúlpame.

Disculpa aceptada.

Hagamos un trato: cierra tus ojos, y con algo de suerte desaparecerá este lugar y despertaremos por segunda vez en Dubái ―propuso Ethan Fear tomándome de la mano y besando mis labios con la intensidad que lo hace un hombre que sabe cómo enamorar a una mujer.

Es mejor que sigamos avanzando ―respondí, con la voz entrecortada.

Espera, Minori. Lo mejor es no movernos de este sitio.

¿Por qué?

Existe la posibilidad de que estemos muertos y este lugar sea el limbo.

De ser así, debemos aguardar a que alguien venga a buscarnos ―sugerí.

Exacto.

De ninguna manera, estoy bromeando. Pensé que no creías en esas patrañas.

Olvida lo que dije. Será mejor seguir adelante ―declaró el famoso cantante.

Olvidado. Ahora mira bajo tus pies.

¡Es una ciudad! ―exclamó la estrella de pop.

Tenemos que encontrar la forma de atravesar la superficie transparente que nos separa del otro lado.

Espera un momento, Minori. Observa con atención los árboles artificiales.

¡Es Singapur!

¿Cómo lo sabes?

Los vi en un artículo de internet. Se llaman Gardens by the Bay. Su función es regular la temperatura ―expliqué, analizando la posibilidad de que este sitio fuera un error de espacio-tiempo en el universo.

Al avanzar, se incrementaba la posibilidad de que Ethan Fear y yo fuéramos un par de intrusos, además de la atracción principal para los seres que habitan debajo de nuestros pies. Encima de nosotros, tres planetas de diferentes diámetros parecían estar al alcance de nuestras manos. Sin comprender si era de noche o de día, llegamos al corazón de la ciudad.

Quizá siempre es uno u otro, o ninguno ―reflexioné, tomando la mano del famoso cantante.

Detrás de nosotros, dos artefactos en forma de discos compactos limpiaban las huellas que dejábamos a nuestro paso. Entretanto, las notas de una combinación de aromas acariciaban nuestro olfato. El olor a petricor y granos de café era diseminado en el aire por un ejército de drones con supresores de ruido. Quien estuviera a cargo de este lugar sabía administrar los recursos de la ciudad para sorprender a sus visitantes, además de cuidar hasta el más pequeño de los detalles. Al llegar a una intersección en el camino, elegimos el sendero de la derecha. Enseguida una pista de baile apareció en la superficie traslúcida. Al contacto con nuestros pies descalzos, los cubos fluorescentes cambiaron de color. El anfitrión de ese lugar apareció bailando igual que uno de los personajes del videojuego Fornite.

Bienvenidos a La Ciudad Errante. Mi nombre es Soleil. Les ofrezco una disculpa por los inconvenientes que ocasioné ―mencionó al acercase a nosotros.

¿Se refiere a que estamos desnudos o al resplandor que nos trajo hasta aquí, señor? ―pregunté dirigiéndome a él con el respeto que merecía el anfitrión de un lugar como ese.

Sí, al resplandor y por despojarlos de su ropa. A veces la vida en este lugar es un poco aburrida. Espero que lo entiendan.

De aquí en adelante te pido que nos trates con respeto. No somos tus bufones. Por tus ocurrencias Ethan Fear no se presentó a su próximo concierto ―expresé ante la mirada de asombro del famoso cantante.

Nada es casualidad. Más adelante revelaré el motivo por el que los traje a La Ciudad Errante. Mientras tanto, les ruego que se columpien a mi lado ―declaró Soleil, apareciendo tres columpios que se sostenían de hilos dorados.

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Sobre el autor:

Miguel Oscos

Nació en la ciudad de Toluca, México, el 2 de diciembre de 1985. Es egresado de la licenciatura en informática, por la Universidad Autónoma del Estado de México. En 2017 escribió su primera novela, El lado B de la vie, obra de ficción contemporánea publicada por Caligrama —sello de publicación personalizada de Penguin Random House—.

A través de su ingeniosa pluma, Miguel Oscos muestra las diferencias y similitudes entre las épocas antigua, moderna y postmoderna, recreando escenarios de fantasía y ficción, en una constante crítica social en la que abundan personajes hiperconscientes y frikis que mantienen un extraño equilibrio entre la locura y la razón.

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