«LA JOVEN FUNCIONARIA DE PRISIONES»

por: Claudia Girón Bermúdez

CAPÍTULO 1 – LA SANGRE QUE LE QUITÓ LA INOCENCIA

Allí estaba, contra las rejas, sabía que la podían asesinar. El bebé que llevaba en el interior de su vientre empezó a moverse. Tenía frente a sus ojos un cuchillo viejo y oxidado que, con la mano derecha, esgrimía un interno; aquel hombre había sido herido recientemente en el calabozo y se encontraba chorreando sangre de la cabeza. Sudoroso, sin camisa, con un pantalón corto y deshilachado, descalzo y escupiendo saliva ensangrentada, la amenazaba.

Karla respiraba cada vez más rápido, mientras el otro recluso se cubría detrás de la joven, agarrándola por la cintura. Las crudas paredes grises, abandonadas y húmedas, y los barrotes despintados, que dejaban asomar el frío metal y el óxido que los corroía, le parecieron más amenazadores que nunca. La escasa luz y los golpes en el suelo agrietado y envejecido por el paso del tiempo, además de los gritos de los demás internos, alertaron a todo el penal.

—¡Salí, hijueputa! —le dijo el agredido al convicto que se escondía detrás de la joven funcionaria.

Aquel individuo veía en ella la tabla de salvación, su escudo humano antipuñaladas, y la agarró por la cintura aún con más fuerza, mientras le acercaba su apestoso aliento al oído y reunía fuerzas para gritar.

—¡Vení pues, malparido! Qué pensaste, ¿que no me iba a vengar?

Mientras, en un descuido, y como si de un fantasma salido del mas allá se tratara, Ulises Andrade se ubicó delante de la funcionaria para protegerla con su cuerpo; en un acto heroico abrió los brazos y posó sus ojos sobre el arma que llevaba el interno herido. Era un sándwich humano de cuatro personas. Las enfermeras, que habían visto cómo un convicto había agredido al otro durante su hora de sol, gritaban: «¡Ayúdenla, ayúdenla!».

La guardia interna llamaba a los refuerzos por radio, y el bebé de la joven madre quiso reventar su saco amniótico por el estrés. El corazón de ambas —madre e hija— latía cada vez más fuerte y rápido, y la hoja afilada del interno pasaba muy cerca del cuello de Karla y de su defensor una y otra vez, mientras Ulises lo esquivaba y balanceaba a la mujer para que no fuera herida. Los gritos de los internos ante la situación y el calor de Cali, sumados al odio del agredido, que solo tenía en su cabeza clavar aquel hierro mortal y vengarse de la puñalada que le habían propinado, provocaban que la situación fuera de máximo riesgo; pero, en un acto inteligente, el sargento Molina, jefe de la guardia interna, se acercó por detrás con sigilo y le puso al convicto un revolver en la cintura.

Soltá el arma —le ordenó.

—¡No! Ese hijueputa tiene que pagar por lo que me acaba de hacer, sargento. Mire cómo me ha dejado, casi me mata. Déjeme que le tengo que dar bien dado por cobarde, ¿no ve que me cogió dormido? 

Soltá el cuchillo, ¿acaso no te das cuenta de que la doctora está embarazada? Ella no tiene la culpa de los problemas entre ustedes.

Karla, con los piernas temblando y los ojos llorosos, gritó.

—¡Paren ya! Siento que me baja agua… ¡mi niña, mi niña! ¡Ayúdenme, por favor!

Así fue cómo, en un descuido, el sargento agarró al vengador por el cuello con su brazo izquierdo, mientras le ponía el revólver en la espalda con la otra mano.

—¡Soltálo! —gruñó en su oído mientras forcejeaba con él.

Los dos internos en disputa reaccionaron y el del cuchillo lo tiró al suelo. Acto seguido, un guardián se agachó y lo recogió para decomisarlo, mientras Karla se desvanecía sobre Ulises. Este la agarraba bien fuerte y la acompañó hasta la reja que daba al exterior, al lado del economato. El guardián abrió la verja y se la llevó del brazo mientras ella iba recuperándose del susto.

****

Sarek, como mujer centrada y con formación intelectual, siempre pensó que el poder y el dinero no atraían a una mujer de creencias religiosas y con bases morales bien arraigadas; que las chicas que se enamoraban o que llegaban a tener relaciones con narcotraficantes lo hacían por dinero o porque ya estaban metidas en ese mundo. Se lo comentó a Karla Santodomingo el día que se conocieron. Ella le esperaba en Barcelona, en la terraza del emblemático café Zúrich —como lo bautizó Serra, su propietario, para recordar su estancia en aquella ciudad suiza—, ubicado en la esquina de la famosa plaza de Cataluña. Al verla, nunca se hubiera imaginado la historia que había detrás de ese rostro en paz y esos ojos tan grandes, vivos y acompañados de una gran sonrisa. Su cabello rizado y sus curvas latinas daban fe de la procedencia de aquella muchacha. 

—¿Sos Karla? —preguntó Sarek.

—¡Sí, soy yo! Eres Sarek, ¿verdad?

—Sí, por fin te conozco —dijo la periodista—. Mucho gusto.

—Igualmente, gracias por venir. ¿Te gusta el sitio? —le preguntó Karla. 

—Sí, es muy bonito y, por lo que he investigado, muy antiguo.

—Así es —confirmó Karla—. En Barcelona es muy común decir: «Nos vemos en el Zúrich». No sabes cuántas veces lo he dicho.

—¿Conociste a Larson Aranda alias Piruleta? —le soltó Sarek de repente—. El narcotraficante más inteligente, atractivo y elegante del Cártel del Norte del Valle…

Karla miró fijamente a su interlocutora y su rictus cambió por completo, dejando salir la imagen de una mujer diferente, desconfiada y con un miedo mal disimulado.

—Sí, claro —repuso ella—; él estaba encerrado en la época en la que yo fui funcionaria de prisiones en Villahermosa.

—¿Me podrías hablar de él? 

—Mira, Sarek, lo que quieras saber de él está en Internet.

—Ya, pero tú conociste su lado más íntimo —alegó la periodista tratando de convencerla para que hablara—. Fuisteis amigos, ¿verdad?

—Sí, fuimos muy amigos. ¿Qué hay de malo?

—Nada, nada. Sé que tú tienes información que no se puede encontrar en internet. Y son esos los datos que más me interesan.

Karla negó con la cabeza y permaneció pensativa.

—Es mejor que no hablemos de todo aquello…

—¿Es cierto que salvaste la vida al director del grupo de salsa Black? —insistió Sarek.

—Sí, veo que estas muy al tanto de todo. ¿Quién te ha dado esa información?

—Karla, fuiste famosa entre la población reclusa, tanto en la prisión de mujeres como en la cárcel de Villahermosa —le reveló Sarek.

—Ah, no lo sabía, no es para tanto.

—Muchos no piensan lo mismo —insistió Sarek—. Hiciste mucho por los internos e internas, hasta el punto de enfrentarte a tus propios compañeros de guardia con tal de apoyarlos y defenderlos de la corrupción del penal.

—Sí, así fue —asintió la exfuncionaria de prisiones—. No por nada, sino porque algunos eran corruptos e indolentes.

Karla se acomodó en la silla de madera envejecida y optó por una postura más relajada, mientras pedía una copa de vino tinto al camarero uniformado con pantalón negro y camisa blanca. Sarek se percató de que todos los trabajadores del establecimiento eran más bien mayores, casi a punto de jubilarse. 

Karla miró hacia arriba, observando las enormes lámparas naranjas que colgaban del techo del lugar. El humo de los cigarros de los turistas que también estaban en la terraza se perdía con el fuerte aire que corría, mientras ella se acomodaba el cabello detrás de la oreja y miraba la hora en su reloj de color acero y dorado; su piel ya no estaba tan tostada como solían tenerla las caleñas, llevaba un vestido de gasa muy ligero, unas sandalias de cuña y un bolso de colores hecho por los indígenas Wayuu. Aquellos tejidos los distinguía cualquier colombiano a metros de distancia.

—¿Para qué quieres esta entrevista? —preguntó Karla de repente.

—A ver, la verdad es que soy periodista —le confesó Sarek—. Al investigar sobre los cárteles del Valle me fui acercando cada vez más a Villahermosa y… claro, tirando del hilo apareciste tú, ya que se comentaba que en las cárceles de Cali hubo una joven funcionaria de prisiones que trabajó con el corazón por los internos, y que por eso llegó a ser amiga de muchos «capos» de la época. Porque alcanzó tal poder que los «duros» de entonces la respetaron por ser incorruptible, por su liderazgo y su forma de hacer las cosas. —Sarek se quedó unos instantes en silencio, esperando para ver la reacción de la entrevistada. Con un gesto, Karla le apremió para que siguiera, así que continuó hablando—: ella les ayudó en lo que pudo dentro de la legalidad, y además lo hizo sin pedirles un peso, cosa a la que ellos no estaban acostumbrados, ya que a vox populi se sabía que casi todos los funcionarios tenían un sobresueldo para poder «funcionar» como a ellos les interesaba. Todos menos Karla, o sea, tú. Por eso, muchos de los «lavaperros» eran desarmados de sus exigencias delante de la chica y les tocaba a los patrones entrevistarse directamente con ella. De ahí que algunos serviles la odiaran.

—Bueno, la verdad es que fue el mejor trabajo que he tenido en mi vida —se limitó a contestar ella.

—¿Por qué, Karla?

—Pues mira… ¿conoces la sensación de anhelar que llegue el lunes para ir a trabajar?

Sarek no pudo evitar soltar una carcajada.

—¡La verdad es que es primera vez que lo escucho! —dijo la periodista entre risas—. Normalmente se suele decir todo lo contrario.

—Yo sí he sentido eso durante años. Amaba mi trabajo y los internos fueron parte de mi vida personal y profesional. Muchos fueron mis amigos.

—Es inquietante lo que me dices, por eso estoy aquí. He viajado desde Colombia solo para recopilar tu historia y plasmarla en un libro y, ¿por qué no?, intentar llevarla al cine.

Karla sonreía mientras Sarek le contaba sus planes acerca de lo que quería hacer con su historia. Se mostró muy sorprendida por todo aquello.

—Sarek, ¿sabes porque nunca he escrito mi historia?

—¿Por qué? —inquirió el periodista—. ¡Si es muy interesante!

—Por miedo, por mi seguridad y la de mi familia.

—Bueno, en según qué tiempo te entiendo —concedió Sarek—, pero ahora, después de tantas series y películas que se han rodado sobre el mundo del narcotráfico, no veo por qué no se podría contar la otra cara de los malos.

Sarek supo que a Karla le emocionaba hablar de esa época. Se le notaba en los ojos por cómo le brillaban. Se empezó a relajar y a no mirar tanto el reloj. Pidió otra copa de vino y le ofreció una a ella. Sarek ya se había dado cuenta de que aquella mujer era amante del vino tinto; le gustaba con cuerpo, amaderado y de color intenso. Se trataba de una mujer que no aparentaba los cuarenta y cinco años que ya tenía, había perdido su acento colombiano —afloraba muy pocas veces— y exhibía una mirada astuta. Era obvio que había jugado en otras ligas y que había tratado con muchas mentes, porque mientras hablaban analizaba todo su alrededor con atención, observando disimuladamente a quienes se encontraban cerca. Era como si tuviera sus sentidos muy atentos y afilados. A ratos, entrecerraba los ojos dibujando en ellos signos de interrogación; parecía que estuviera manteniendo un constante diálogo consigo misma. Atraía miradas de todo tipo, como si de un imán se tratara. Era una mujer atractiva: su cabello rizado y largo, sus curvas latinas y su melodiosa voz, combinando español y caleño, era un cóctel perfecto para atraer atenciones. Ella lo sabía, pero no le daba ninguna importancia.

Llevaba meses detrás de su pista. Todo empezó el día que Sarek hizo un reportaje en la cárcel de hombres de Cali, también llamada Villahermosa. Estuvo entrevistando a los internos que llevaban más tiempo. Pasaron uno a uno por su escritorio respondiendo todas las preguntas que se le ocurrían, hasta que llegó el turno de Ulises Andrade, un exmilitar del ejército. Era un hombre tranquilo, con la piel tostada y que debía tener unos sesenta años de edad aproximadamente; estaba muy relajado y pagaba cuarenta años de prisión por asesinar al vecino que violó a su hija de catorce años y la arrastró de sus cabellos dos cuadras por la tierra de la finca. 

El caso de aquel interno interesó especialmente a Sarek, así que buscó información sobre él. Andrade se encontraba en su casa y su hija había salido a pasear por el campo. Su vecino la llamó y ella se acercó, confiada, ya que aquel hombre era amigo de su padre. Cuando la niña llegó a la puerta, el sujeto la cogió de la mano y la metió a la fuerza dentro de su casa; allí la violó y la golpeó por no dejarse hacer todo lo que él tenía planeado. Después la sacó de la casa a rastras. La niña, arañando el suelo y sujetándose a las puertas, se resistía como podía. Se golpeó contra la tierra y empezó a sangrar por la cabeza, el rostro y el cuerpo. 

Intentó con sus manitas quitarse la mano peluda que le tiraba del cabello. El vecino iba con la camisa beige de manga corta desabrochada y unos jeans anchos, rotos y envejecidos. Aquel individuo creía que la niña estaba sola y había urdido planes para ella. Todo apuntaba a que la quería asesinar y después enterrarla en los campos. Cuando Ulises se percató de los gritos de la pequeña, ya era demasiado tarde, el mal estaba hecho, pero aun así se armó de un machete y salió, decidido a matarlo. 

Cuando llegó hasta donde estaban ellos, se abalanzó contra el hombre; le hizo soltar a su hija y después lo cortó en pedazos. Se cegó hasta un punto en que no pensó que la niña estaba viendo cómo su padre asesinaba a un hombre. La sangre salpicó su rostro y cubrió todo su cuerpo como si de una matanza de cerdo se tratara; después de aquello, cogió a la niña en brazos y la llevó hasta su casa, la bañó con cuidado y curó sus heridas con yodo. La pequeña estaba en estado de shock; no se percató con detalle de lo que había hecho su padre, solo lloraba y decía que quería dormir. Ulises la puso en la cama y la arropó; después entró en el baño y se quitó la ropa ensangrentada, que luego introdujo en una bolsa. Abrió la ducha fría y se puso debajo del agua. Su llanto era de dolor, y un profundo pesar embargó su corazón. Puso las dos manos en la pared mientras el chorro de agua le caía en el rostro. «¿Por qué, Diosito? —se preguntó—. ¿Por qué a mi niña?». Se arrodilló y le pidió perdón a Dios por lo que acababa de hacer, mientras veía cómo la sangre se iba yendo por el sifón; salió del baño y se puso ropa limpia; después se dirigió a la habitación de la niña, la despertó, la vistió y volvió a cargar con ella en brazos, besándola y mirándola, mientras le decía: «Aquí estoy contigo, hijita, juntos superaremos esto, perdóname por lo que acabas de ver, pero ese hombre se lo merecía, tú no».

Se la llevó al hospital más cercano y desde allí llamó a su esposa, que se encontraba en el mercado, para contarle lo sucedido; dio también aviso a la policía para entregarse.

 Por eso estaba en paz. «Lo pago con gusto», les dijo en su momento tanto a internos como a guardianes, incluida Karla. Fue durante esa conversación cuando se conocieron, por lo que la joven funcionaria sintió dolor por ese buen hombre. Le ofreció su apoyo en Villahermosa y él se convirtió en su protector.

Por eso, cuando Sarek le preguntó a Ulises a qué funcionaria o funcionario recordaría siempre, ya fuera por malo o por bueno, él no dudó en responder:

—Karla Santodomingo —expresó de forma taxativa—. Ella hace mucho tiempo que renunció. Se fue de aquí. Esa sí que era una mujer echada para adelante y una persona buena, muy buena con nosotros.

—Hábleme de ella, Ulises —le pidió Sarek—. ¿Quién es? ¿Qué cargo tenía aquí?

—Era mi amiga, la doctorcita Karla —respondió él—. Era una niña en ese entonces, pero nos ayudó mucho. La trajo el mayor Arnaldo desde la reclusión de mujeres. A él le habían hablado de ella e hizo todo lo que pudo para traerla y que pusiera en funcionamiento la escuela de la prisión. Eran cuatro paredes y ella les dio vida, nos clasificó por cualidades y sin importar el delito que hubiéramos cometido. Era un remanso de paz, ese sitio, cada día íbamos felices a estudiar —rememoró Ulises con una sonrisa en el rostro—. Los internos se duchaban más que nunca, les pedían perfumes a sus familias e iban muy bien peinados, porque si no la doctora los regresaba. Éramos personas, no admitía a nadie en chanclas ni pantalones cortos, ni mucho menos camisetas esqueleto. Teníamos que ir afeitados, pero no nos importaba con tal de verla y dejarnos guiar por ella para ser mejores personas. Su sonrisa y su alma nos contagió a todos, soñamos y nos ayudó a cumplir nuestros sueños contra todo pronóstico: unos grabaron su primer CD, otros formaron un grupo de música andina, otros su taller de teatro, otros hicieron las pruebas de Estado, las de la universidad…; aparte, organizaba campeonatos de fútbol, conseguía uniformes, balones, instrumentos musicales y libros. Era una escuela de verdad como nunca más volvió a existir. Lo malo fue que el director la sacó de la zona de internos porque corría mucho peligro y porque ella quería trabajar también en otro sitio; desde ese momento, desde que ella se marchó, la escuela ya no fue lo mismo. 

»Luego se encargó de las empresas, pero yo tenía una condena muy alta y no podía ir a la zona donde ella estaba; pero a muchos que sí pudieron les dio la gran oportunidad de trabajar en el parque industrial Villahermosa, que ella misma montó. Para eso la necesitaba el director.

»Le preocupaba mucho trabajar bien y apoyarnos en nuestra educación y trabajo —continuó refiriendo Ulises Andrade—; también apuntaba nuestro tiempo de redención. Con ella sí se podía hablar, nos veía como personas. Se llama Karla Santodomingo, deseo que donde se encuentre le vaya muy bien a ella y a sus dos hijitos. Tanto es el cariño que le teníamos que, aunque no conocimos a los niños, sí que les hacíamos regalos —recordó Ulises—. Yo, personalmente, le hice un carro de Fórmula Uno para el niño. Tardé meses en su elaboración, ella me traía la madera y yo lo fabriqué y monté pieza por pieza. Fue mi entretenimiento durante mucho tiempo y nunca había hecho algo con tanto cariño. Me quedo tranquilo porque le salvé la vida, la cuidé y la apoyé. Es un gran ser humano, pero… ¡cuidado cuando se metan con ella!, es muy fuerte de carácter y si tiene que hablar golpeado lo hace; si tiene que decirte algo en la cara te lo dice sin miedo, aquí se enfrentó con más de uno, a ella le daba igual que fueras un asesino o el guardián más corrupto, te decía todo lo que pensaba sin titubear. Yo la he visto hacer retornar a sus patios a compañeros internos por venir sucios o por dárselas de machitos. Pero también se enfrentaba a la guardia si veía que llevaban a cabo algún atropello contra nosotros. Hasta tal punto actuaba así que la saboteaban, no dejándonos salir de los patios. Era una persecución hacia ella y hacia su trabajo, porque mientras ellos cerraban los candados a los internos, ella los abría y nos apoyaba. Era así, cada paso que daba llamaba la atención, como si fuera la reina de la cárcel. Además, era muy bonita, con un cuerpo escultural y su cara de niña…, pero sus pies eran de plomo. La verdad es que aquí hasta el más malo la respetaba. Ella logró entrar en nuestro corazón y nuestra mente. No sé cómo lo hacía, pero lo lograba, todos querían estar cerca de ella: unos por enamorados, otros por admiración y los demás para protegerla. La verdad, muchos la queríamos, y yo tuve la suerte de llegar a ser su protector».

Desde ese instante, Sarek preguntó a todos los internos que entrevistaba si la habían conocido. Todos los que habían estado allí presos desde 1995 la habían tratado en mayor o menor medida, la quisieron y la extrañaron. Eso le sorprendió mucho y originó en ella una gran curiosidad.

En una de las entrevistas, un interno mencionó que ella y Larson Aranda alias Piruleta habían sido amantes dentro del penal; también que Karla habría salvado la vida de Jorge Perea, gran compositor y director del grupo de salsa más famoso de la región, mientras estuvo pagando cárcel por unos cheques que le había dado uno de los hermanos González, jefe del cártel de Cali, por unas presentaciones privadas de su Orquesta Black. 

Desde ese momento, Sarek se obsesionó con ella. Quería conocer la historia de Karla Santodomingo de primera mano, así que empezó a buscarla. Pero, para su sorpresa, resultó que ya no estaba en Colombia, y aunque alguna que otra vez viajaba a Cali no se quedaba mucho tiempo. 

Fue por eso que se dio a la tarea de preguntar a algunas funcionarias por si alguna conservaba aún su amistad con ella; así fue como dio con Irene, una guardiana que se encargaba de tomar las huellas de las internas cuando llegaban por primera vez a la prisión. Excompañera y amiga de Karla, sabía que algún teléfono de contacto tendría; le informó que el año anterior la había visitado en su apartamento de Torres de Confandi, al norte de Cali y cerca de La 14 del Calima. Le refirió que había estado años sin verla, pero que ella, al igual que Julia (otra funcionaria), compraron vivienda en el mismo barrio gracias a que eran trabajadoras públicas. Según tenía entendido Irene, el hermano de Karla, llamado Juan David, seguía residiendo en la zona. 

LA JOVEN FUNCIONARIA DE PRISIONES: VILLAHERMOSA I
La Joven Funcionaria De Prisiones (Thriller colombiano): Villahermosa 1. EL PADRINO DEL SIGLO XXI
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La autora: Claudia Girón Bermúdez

Biografía.
Claudia Girón Bermúdez, nacida en Cali (Colombia), residente en Barcelona desde
hace muchos años. Su primer ensayo se titula Mamá Soy [email protected] [email protected] y lo escribió
mientras estaba en las profundidades de su novela La Joven Funcionaria De Prisiones
(finalista del premio letterario Mondiale Golden Aster BOOK 2019) y que por darla a
conocer a los internos en los centros penitenciarios españoles llamó la atención de un
medio de comunicación muy importante, lo que le encendió la bombilla de escribir
Cómo He Salido Gratis En Un Periódico. Con la idea de ayudar a los escritores, pymes
y todo aquel que vea la importancia de salir en un periódico. Sus dos ensayos ya han
sido traducidos a varios idiomas.
Ingeniera industrial, exfuncionaria de prisiones, comercial, inmigrante y superviviente.
Actualmente esto dando los últimos retoques a su segunda novela No Deben Morir
que es la segunda parte de La Joven Funcionaria De Prisiones.
Trabajó varios años en Colombia en el ministerio de justicia, concretamente en el
INPEC, dentro de la reclusión de mujeres y en la cárcel de hombres. Entre sus
pasiones están el cine, bailar, el mar, escuchar música y ver videos musicales. Pero
algo que siempre me ha movido es el amor por mis dos hijos.

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