ACTIVÁNDOSE EL EJE VERTEX

PUERTA DE DESTINO.

«A veces pienso que solamente fue un sueño, y que sigo soñando, sin poderme despertar.
Lo mismo pensé cuando te conocí, cuando el amanecer me saludó en tu mirada.
¿Recuerdas nuestro baile de fin de curso, ojitos? Yo sí, pero no quiero acordarme…
Pero, ahora todo vuelve a salir a la luz. Ese símbolo es ahora nuestro estigma,
Una señal de que ya no queda NADA…
Solo, llueve eternamente».

Nueve pm. Una mujer con pose de femme fatale está presente en una prolongada terraza de lujo de Grosvenor Road, Londres. Es Selene, que cubierta de un carmín brillante—desde su vestido de alta costura, pasando por la manicura y sus lascivos labios—, custodia al Támesis con quietud, más en su mirada, un ápice de frialdad tiñe la densa capa de niebla que lo arropa. Más allá del río, en las profundidades más oscuras, algo parece susurrarle inexorable que está a punto de ser divisado. Hay marea baja. La atracción gravitatoria que ejerce la Luna sobre nuestro planeta tiene esa consecuencia. Selene lo sabe. No es solo otro presentimiento repentino. Por lo que, está segura de cualquier cosa que hubiera permanecido atrapada en el fondo, ahora podría aflorar a la superficie. Sus ojos se inundan de una traslúcida capa de lágrimas, pero como es experta en no mostrar debilidad, las contiene rápidamente, como siempre.

Entra súbitamente en el interior de su dormitorio y se planta justo enfrente de su espejo del tocador. Su gélida belleza resplandece como nunca. Es lo único que aprecia de sí misma. De repente, sonríe casi imperceptiblemente. Ha caído en la cuenta de que debe centrarse en la magia que suscita este mismo instante pues, un pequeño haz de luz en medio de un extenso camino de sombras aún podría abrirse a su paso. Aquello la impulsó a mejorar el rojo de sus labios con su barra labial.

Hoy, más que nunca en toda su existencia, estaba al fin dispuesta a dejarse llevar, deshaciéndose de una vez de todas de las cadenas a las que se hallaba sometida constantemente. Reconocía el riesgo que entramaba todo aquello, que tal vez no era lo correcto y que, desgraciadamente, sus repentinos brotes de enamoramiento jamás tenían un final feliz. Pero en aquella noche —tan extraña y decisiva—, no podía ignorar la alentadora energía que vibraba en su cuerpo haciendo honor a la fe de su alma. Era el susurro de que, al fin, con él, todo podría llegar a ser distinto. Sonrió recordándolo —la primera vez que lo vio salir con su maletín de Scotland Yard, con aquella implacable seguridad que cubría de un velo opaco su gesto dulce e infantil que resplandecía en tan contadas veces. Así, como en las fotos suyas que había visto en el despacho de su jefe—. Selene se había quedado atrapada ante la necesidad de verlo una y otra vez, y volvía a espiarlo desde su coche para verlo entrar en su casa mientras su mente acompañaba ese momento fantaseando como de maravillosa podría ser su vida a su lado.

El ruido del teléfono llenó la estancia. Su gesto frente al espejo se volvió frustrante y acudió a cogerlo disimulando serenidad.

¿Sí?

Tengo que verte Selene, tengo que hablar contigo —dijo una voz masculina autoritaria.

Otra vez tú… —dijo fríamente asqueada—. ¿No te cansas de molestarme querido jefe?

No. Nunca… La empresa seguirá sin ti. Pero yo no puedo hacer todo lo que deseo sin ti. Aún no lo entiendes Selene, pero, somos llamados a nuestro destino. Sé que nunca podrás deshacerte de mí, y en el fondo, nunca querrás que eso suceda. Estás loca si pretendes alejarte de quién tiene todas tus respuestas…

No, sabes muy bien que te odio con todas mis fuerzas y que siempre te odiaré. Ya no me das ningún miedo jefe. Crees conocerme mejor que a mí misma, pero lo cierto es que tú eres incapaz de asumir que sería capaz de cualquier cosa con tal de vengarme…

¿Cualquier cosa? Ves ya, ¿cómo no somos tan distintos?

Selene miró hacía su impecable cama con cojines dorados muy bien expuestos uno al lado de otro. A la derecha de la cama, su aparato de ventilación mecánica. Cogió aire. En su mente, su imagen de niña conectada a él cogió fuerza.

«Recuerda. Jamás cierres los ojos sin estar antes conectada a él», le decía su padre.

Era el principio de cada pesadilla nocturna. Nadie la había controlado jamás como aquél artilugio al que había vivido atada todas las noches de su vida… Una vez más, la rabia se apoderó de ella. No, no le gustaba el papel que le había tocado jugar en esta vida: ella no había elegido ser luna, para vigilar al mundo en la noche.

Fue un error tropezar contigo—le contestó Selene encendida tras su pensamientos—. Por mi puedes seguir día y noche idealizándome y fantaseando con mi presencia porque… ¿sabes qué? —sonrió con sadismo y agregó—. Mi destino será para otro. Prepárate, pues la locura te corroerá tanto como a mí…

Selene colgó con un impulso repentino, y en el silencio del instante, saboreó su frase de amenaza como el más exquisito empoderamiento al que se había expuesto nunca. Pese a todo inconveniente que se cruzara en su camino ya no había nadie más importante a quién conquistar a toda costa, que al joven de Scotland Yard.

Salió de su apartamento minutos después con una pequeña cartera de mano y un gabán de tres cuartos en color negro. Abajo, había un taxi esperándola desde hacía unos minutos.

Al número 8 de la calle Brewer, por favor.

Ahora mismo, mujer de rojo.

El viejo asintió dedicándole un guiño desde el espejo retrovisor: «¿Acaso no había visto en la vida a una mujer bonita?», se dijo así misma con cierta presuntuosidad. Era incómodo sentirse observada y juzgada continuamente. De hecho, le ocurría frecuentemente en su profesión como ingeniera en sistemas informatizados, al parecer no era un cliché ser “mujer atractiva e inteligente”.

Tras llegar a la zona central del Soho y soplarle diez libras esterlinas, se bajó con un movimiento exquisito, posando su pie en el asfalto y estirando sus largas piernas contorneadas por unas medias de brillo. En el acerado, jóvenes que acarreaban un vaso de alcohol con hielo, deambulaban de un lado para otro, incapaces de apreciar su belleza aquella noche. Se detuvo en seco, dejando pasar a un trío de locos que daban botes mientras interpretaban balbuceantes una canción. Alzó la cabeza y contempló el letrero luminiscente del local: Madame Jojo´s.«¿Habría llegado ya?», se preguntó inquieta. Abrió la puerta con prudencia y penetró en el local. La entrada estaba despejada y el pasillo también, era la primera vez que entraba, no le gustaban esa clase de ambientes donde la gente suda, bebe y alza la voz. Se centra en observar a la gente apostada en la barra. No hay rastro de su presa. Afortunadamente se puede caminar con mucha fluidez y eso le hace más confortante su búsqueda. Se fija en una de las camareras que atiende amablemente a unos clientes en unos sofás de hilera. Viste vestido negro de flecos de los años 20 acorde con la decoración del local. Examina de nuevo el ambiente, el escenario de actuaciones está aún vacío. «Tal vez aún no ha llegado». Se adentra un poco más, el rosa chicle de las paredes le asquea, siempre odió el color rosa.

Empieza a impacientarse. Se pone en evidencia que busca a alguien y un chico de ojos pardos, algo pecoso y cabello rizado, la detiene entonces regalándole una sonrisa fanfarrona, le pregunta si es a él a quién busca, y tras contestarle amistosamente que no, trata de invitarla a una copa. Se niega, tratando de no ser demasiado brusca, pero reconoce que hoy está exageradamente atractiva, el rojo le sienta bien y ciñe a la perfección su voluminoso cuerpo. Ya era hora de que se fijaran en ella.

No desiste en radiografiar al local entero hasta que, un grupo de jóvenes se abre paso como por arte de magia, dejando entrever en los sofás de la esquina a otro grupo que conversa animadamente, allí está la chica gótica del cabello rojo fuego, y justo a su lado, una figura sublime: él, sosteniendo una copa de Pimm’s mientras ríe desbordantemente algún chiste o anécdota de ella. Selene, con labios entreabiertos; escaneando cada uno de sus exquisitos movimientos. Más allá de las leyes químicas de la atracción, ella lo venera más que a nadie en toda su vida. A pesar de los decibelios de la música ella escucha a su corazón que golpea y golpea a bombo seco. Ya nada puede fallar esta vez, estaba tan cerca… Era el momento.

Su punto de mira se incorpora, le está sonando el móvil, con la mano libre que le queda al contestar tapona su otro oído y comienza a hablar mientras se aleja de sus amigos rumbo a la salida, para pasar justo al lado de ella, ignorándola por completo… Selene estira un brazo dudando, desea acercarse a él, detenerlo, pero él camina con gran ímpetu. Por último, su brazo se marchita, mientras él continúa su marcha ante la creciente oleada de gente que se ha reproducido en el local. Se queda sola, desanimada.

«Ni siquiera me ha mirado».

Pero no se rinde aún —está preocupada por él—, y siente el impulso de seguirlo, cuando está a punto de hacerlo, alguien tira de su brazo con fuerza y la hace retroceder. Ella se gira bruscamente y ve que un tipo con nariz de boxeador y aspecto robusto la retiene. Le está gritando cualquier estupidez, «¡No te vayas aún muñeca!». Ni siquiera lo ha entendido. Está borracho y ella ni siquiera le ha prestado atención. Selene, lo desafía a que la suelte de una maldita vez, ya está harta de ser educada. Ella no es la grosera, son ellos, los dichosos hombres que nunca la dejan en paz. Pero el tipo hace caso omiso y sigue escupiendo chorradas sin soltarla. Él, el chico al que deseaba ver esta noche, ya está fuera de su campo de visión, y la rabia; la recurrente rabia la reconcome; siente como el calor se propaga por todo su cuerpo, su furia se está desatando. Va a ocurrir de nuevo, y esta vez no se controlará. Nada puede arruinar su noche. Sonríe con sadismo mientras clava sus ojos negros en la mirada de su agresor, en ellos, puede ver cómo surge el primer atisbo de delirio por el escozor ejecutado en su piel. Al instante, contempla como la suelta aquejándose como gato escaldado. Su mano —la que empleó para apresarla—, está ahora supurando con ampollas tras haber sido abrasada con un fuego invisible.

Selene, se pone al fin en marcha sorteando a la gente que camina como una corriente opuesta a su dirección. Sale a la calle, y mira a ambos lados. Hay una gran multitud en las aceras. A su izquierda, un Lexus S.C transita por la calzada a gran velocidad. Es su coche, y ha visto de refilón su melena castaña en el asiento del conductor. Lo sigue con la mirada y mientras da unos pasos lo vislumbra todo mentalmente: «Aquello que temía ha arruinado su noche. Es por culpa de la dichosa marea, de ahí que tenga tanta prisa y se pusiese tan serio»

Anouk, la pobre Anouk.

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Sobre la autora:

SYLVIA ÁVILA MARTÍNEZ

Nacida en Córdoba (Andalucía) en 1984. Escribo mi primer relato corto con trece años para poder presentarlo a un Certamen Literario y Artístico que organizaba el Colegio Público Pablo de Céspedes. Tras el veredicto, gané un trofeo con el tercer premio por mi relato escrito a máquina: El diario de Cecilia. Después de aquello, me entregué por completo a mis hobbies favoritos con los que podía pasar encerrada horas y horas: la lectura y escritura de novela policiaca y detectivesca, dándole como toque personal por qué no “una buena dosis de romanticismo”. Tras algunas paradas en el tiempo, he escrito unos cuántos relatos cortos y novelas. He participado en dos talleres de literatura, uno inicial y otro avanzado organizados por la Biblioteca Central y el Centro Cívico Arrabal del Sur en Córdoba. Descubrí los concursos literarios hace unos seis años, pero no he participado de forma muy activa en ellos.

Actualmente a mis treinta y seis años me he reencontrado nuevamente en paz con la escritura y la asumo desde ya como mí auténtica pasión, ya que me hace muy feliz, y deseo que me acompañe siempre, de un modo u otro, a lo largo de mi vida.

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