La buhonera

Era una noche de tormenta, donde los relámpagos cabalgaban la oscuridad de la noche y la gruesa lluvia caía con fiereza, acompañada de un feroz viento.

Era un pueblo minero en el cual había una taberna cuyo dueño era conocido por su buen corazón, y siempre los lugareños, independiente del tiempo que hiciese, iban a a pasar un agradable rato en compañía de sus amigos en animadas charlas acompañados de sus enormes jarras de cerveza y grandes comilonas.

Aquella noche celebraban los comicios de la fiesta de la primavera en la cual, durante una semana, no tendrían por qué cavar en las entrañas más profundas de la tierra y poder disfrutar de sus familias durante aquellos preciados días.

Sin embargo, lo especial de aquella noche no era en sí mismo el alegre ambiente que se desarrollaba o las animadas charlas, acompasadas de desafinadas canciones de taberna o ruidosas risas provenientes de las gargantas de los allí presentes. Nadie pareció fijarse en la presencia de una anciana mujer, solitaria, removiendo una taza humeante y envuelta en un manto tan oscuro como la noche desatada del exterior, con su rostro oculto pero destacando su nariz aguileña o su barbilla prominente.

Era una anciana buhonera que con ojos curiosos observaba el ambiente de su alrededor.

Parecía que esperaba que algo o alguien llegase…

Tras un poderoso rugido de un relámpago del exterior, la puerta de la taberna se abrió de golpe y un feroz viento se llevó el ambiente que hasta unos segundos allí se respiraba. Las luces parpadearon y luego volvieron a crepitar con alegría una vez que el recién llegado hubo cerrado la puerta tras de sí. Llevaba una ropa pesada de piel y un hacha apoyada en su hombro.

-¡Miércoles! -gritó con alegría el tabernero saludándolo desde la barra- ¿lo de siempre?

-¿Tú qué crees? -respondió el otro con su profunda voz tras una carcajada, saludando a sus camaradas al paso en el que se dirigía a la barra.

Y, entonces, sus miradas se cruzaron. Fue durante una fracción de segundo, casi imperceptible para cualquier ojo ajeno.

Pero no para ambos. Fue como una batalla silenciosa. Quién podía ver a través del otro… con el ceño fruncido en señal de recelo, se acercó a la barra y se quitó la capa.

Era un hombre de mediana altura. De cabello y barba negras tan profunda como la noche, rizada y ondulada. Le confería un aspecto más salvaje si podía. Su piel era morena, casi tostada por las largas horas cavando a pleno sol. Su cuerpo era la clara evidencia de los años trabajados en la mina, al igual que sus compañeros, por la prominencia de lo mismo.

La diferencia con el resto era que él era un enano. Sí, uno de los pocos que aún quedaban tras el Gran Genocidio… ninguno de los presentes osaban hablar de dicho tema delante de él.

Miércoles era conocido como uno de los enanos más fieros tanto en el trabajo como en las peleas de tabernas. A su vez, a pesar de su estatura, tenía una gran fuerza y era tan bruto como uno pudiera imaginarse.

-Aquí tienes: lo de siempre -le dijo el tabernero tras un sonoro golpetazo al colocar la jarra

de hidromiel en la barra- ¿qué tal van las cosas?

-No me puedo quejar, la verdad -respondió éste mientras daba un sorbo y después un sonoro eructo- qué te voy a contar: rocas por allí, minerales por allá. Cosas de mineros. Eh, oye… -dijo poniéndose serio, acodándose en la barra y atrayendo la atención del tabernero- ¿ha habido algo raro… últimamente?

-¿Raro? Déjame pensar… -respondió mientras se acariciaba distraídamente la barbilla- raro, lo que se dice raro, no. Bueno, gracias a los cielos que he remontado tras estos duros meses de ya sabes qué… y ver que todos estáis a salvo y os va bien es el mejor regalo, a parte de que el negocio está remontando.

-¿Te refieres a la guerra del marica de van Ghoul? -un silencio sepulcral se apoderó de la sala. Miércoles siguió a lo suyo, ignorando el efecto de sus palabras.

-Eh, Miércoles, te pediría que…

-¿Qué no hablara mal de esa reinona miraespejos? Oh, vaya: podría haber soldados por aquí, ¡qué miedo! -dicho eso dio un sonoro escupitajo al suelo- ¡a la mierda con él, a ese hijo de… !

-¡Miércoles, por favor! -imploró entre dientes el tabernero. Intentó buscar ayuda en alguno de los allí presentes, pero ninguno levantó la cabeza- te pediría que moderaras tu lenguaje…

-¿Y decir que ese hijo de mil putas es tan increíble y genial que hasta sus pedos huelen a flores del campo? -rio socarrón- venga ya, hombre, ¿de verdad lo teméis? Es una nenaza. Va de hombre y se pasa las horas en el espejo. Eso es una mujer, por los Faer-yn. Un hombre de verdad no necesita estar mirándose cada dos por tres y decirse «Uy, mira qué guapo soy» ni perseguir a una niña por ser más guapa que él. Es una mujer. Las mujeres son siempre así.

-Tú dirás lo que quieras, pero mira por el bienestar de sus súbditos -respondió acalorado mientras limpiaba con un trapo cuestionablemente limpio un vaso- y me da igual si es hombre o mujer, como si no tiene nada entre las piernas. Te pediría por favor que no hablases en ese tono…

-Vamos, vamos: ¡relaja la raja, amigo mío! -respondió entre risas Miércoles y le palmeó el hombro del aludido pero por poco lo derrumba- y ahora, en serio -el ambiente pasó de un profundo silencio a murmullos mientras que, poco a poco, iba recuperando su estado original- , ¿en serio que no has notado nada raro? ¿nada fuera de lo común?

-Miércoles, me preocupas. Creo que te estás volviendo paranoico… más de lo normal, diría yo… -dijo preocupado con total sinceridad.

-¿Y qué me dices de eso? -el aludido parpadeó, sin comprender.

-¿Qué es eso? ¿a qué te refieres? -sin miramiento alguno, lo agarró de la barbilla e hizo mirar hacia aquel rincón donde estaba la anciana buhonera.

-¿Qué es eso que hay ahí? -enfatizó. El tabernero se quitó de un manotazo el agarre del enano y se encogió elhombro.

-Una clienta -respondió con franqueza. Miércoles lo miro de hito en hito, incrédulo.

-¿Y no te sorprende?

-¿Sorprenderme qué, Miércoles?

-¡Por todos los Ogros! -exclamó exaltado a la par que golpeaba con rudeza con su enorme puño la barra. Losfeligreses levantaron la cabeza de sus conversaciones pero no le prestaron más

atención- este sitio está a rebosar de hombres agotados de trabajar todos los días en las minas y no te extraña ver a una puta buhonera para nada.

-Miércoles, es una clienta -respondió apaciguador como quien habla con un niño pequeño- y las cosas no están para hacerles asco a nadie. ¿Que es una buhonera? ¿y qué? En estos tiempos abundan de todo: Ogros masacrando ciudades o reinos enteros, ladrones, bandoleros… una buhonera en mi taberna es el menor de mis problemas, créeme.

Miércoles fue a responder, pero calló. Finalizada la conversación, el tabernero atendió a otros clientes que pedían que le rellanaran los vasos.

Sin apartarse de la barra, y con mirada recelosa y calculadora, observaba a la vieja buhonera que seguía observando aquel lugar con mirada inquisidora. Entonces sus miradas se volvieron a encontrar.

Tuvo el ademán de acercase y hablar con ella, pero algo dentro de él le impedía hacerlo. Intuía que bajo esa fachada de frágil anciana se ocultaba una fiera bestia dispuesta a abalanzarse sobre aquél que se le acercara.

-Bueno, ¿y cómo está ella? -preguntó el tabernero tras terminar de atender sus tareas, acodándose cerca de su amigo y estando más relajado.

-¿Ella…? oh, ya, sí. Ella -respondió al entender a lo que se refería- nada, pillería arriba y pillería abajo. Cosa de jóvenes.

-He oído que anda por ahí con un muchacho siempre vestido con una caperuza escarlata.

-Sí, no me lo recuerdes -respondió frotándose el rostro en señal de cansancio- esa chiquilla me trae por el camino de la amargura, de verdad.

-Pero la quieres mucho. Es como si fuese tu hija y lo sabes -respondió su amigo con una media sonrisa y golpeándole con suavidad el hombro- tus hermanos y tú la queréis con locura.

-Sí, demasiado… -respondió él con la mirada perdida en el in finito- esa niña tiene luz propia, no sé si… -zarandeó la cabeza y parpadeó reiteradas veces como si acabara de despertar de un sueño- tengo que irme, ¿cuánto te debo por lo de esta noche? -su amigo rio.

-Lo mismo de siempre: vuelve sano y salvo -le respondió éste guiñándole un ojo en señal de complicidad mientras cogía el vaso.

-Lo haré -respondió como hacía cada noche. Cogió el manto y se despidió de sus compañeros.

Una vez que se hubo marchado, la anciana recogió su bastón y cesta de mimbre. Entre bamboleos llegó a la barra. Se sentó y esperó con paciencia a que el tabernero la atendiera.

-¿Estaba el té a su gusto, señora? -ella sonrió mostrando su desfigurada dentadura. El tabernero hizo un esfuerzo para no hacer una mueca de rechazo.

-Oh, sí: el mejor que he probado en años -respondió con su aguda y estridente voz- ¿os podría hacer una pregunta? -el aludido asintió- ¿quién era ése que me miraba con tanta vehemencia?

-Ah, ése era Miércoles: no os preocupéis. Es así con todo el mundo -rió- si os ha molestado o algo, por favor, no se lo tengáis en cuenta -la anciana asintió, pensativa.

-Sois un buen amigo de ese enano -dijo con lentitud y él se sonrojó.

-M-me halagáis, señora -respondió entre tartamudeos- lo conozco desde hace mucho: desde

que abrí la taberna, vaya. Fue uno de mis primeros clientes, junto a sus seis hermanos y… -se le hizo un nudo en la garganta: no se atrevía a hablar de aquel tema. La anciana, compresiva, levantó la mano para indicarle que no hacía falta que hablara si no quería.

-¿Y sabéis dónde vive con sus hermanos?

-¿Por qué queréis saberlo? -respondió él evasivo mientras limpiaba un vaso. En ese momento sintió que algo no estaba bien con aquella anciana… demasiadas preguntas y no solo aquello… ese halo que desprendía…

-Oh, curiosidad. Mera curiosidad de una pobre anciana -respondió ella con una sonrisa que pretendía ser amable- será mejor entonces que me marche ya: la noche es larga.

-¿Estáis segura? este tiempo es malo y más para su salud, señora…

-No se preocupe, joven: sé cuidarme sola -respondió quitándole importancia al asunto- disfrute de la noche -dicho eso, se encaminó hacia la salida.

-Qué mujer más… -pero no le dio tiempo a terminar de mascullar esa frase.

La tormenta había amainado un poco, dando pie a una fina llovizna. La anciana buhonera había emprendido su camino rumbo al Bosque que no estaba muy lejos, dejando tras de sí una crepitante hoguera que proyectaba sombras frente a sí y le servía como faro para no caerse.

Llegó a los límites entre el Bosque Azul y lo que parecían las ruinas de un pueblo. Los restos estaban carbonizados y casi sepultados, como si hubiese habido una batalla campal a campo abierto tiempo atrás.

Se sentó en uno de los restos, siempre apoyada de su bastón y con la cesta en su regazo. Observaba sin apartar la vista de los árboles como a la espera de algo. De la tormenta solo quedaron el frío que calaba hasta los tuétanos y una densa niebla, dejando el cielo de la noche con estelas de nube rasgadas como si fueran telas deshilachadas.

Con timidez la luna asomó y sus rayos cayeron con suavidad sobre la niebla, dando un resplandor plateado al páramo en el que se encontraban. Era un espectáculo hermoso de ver ese color y el brillo que emitía la niebla, pero la buhonera solo tenía ojos para lo que los árboles del Bosque escondían…

Así pasaron las horas, en absoluto silencio y sin mover ni un músculo. Movida por un resorte, se levantó con lentitud y se estiró. Miró por última vez al lugar que había estado mirando, luego a la luna y de nuevo a los árboles. Asintió silenciosa y se internó en el Bosque.

Lo particular de ya entrada la medianoche fue el tono azulado que desprendía la luna, pero aquel detalle no pareció importarle a la buhonera. Al menos, no en esos momentos.

Oyó unos pasos acercarse. Agudizó los oídos y cayó al suelo, presa del pánico, arrebujándose en su manto.

-¡¿Quién anda ahí?! -gritó una voz femenina marcando autoridad.

-¡Por los benditos Faer-yn, buena señora: soy una pobre y humilde anciana que necesita

cobijo!

– ¿Pero qué… ? -la anciana asomó la cabeza y vio a una hermosa muchacha con ropas de

camuflaje albino, con una pequeña caperuza para protegerse de los restos del frío que aun quedaban tras el largo invierno.

Era una joven cuya piel era tan blanca como la nieve, rojos labios y mejillas sonrojadas como la sangre; su larga melena caía como una cascada de rizos a la altura del pecho, oscuros como la profundidad misma del ala de un cuervo.

-¿Qué hacéis aquí, anciana? -preguntó la joven, guardando la flecha y el arco tras la espalda, corriendo a ayudarla a levantarse- ¿no sabéis que los caminos están muy malos?

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-Ay, mi niña; lo sé. Claro que lo sé… pero necesitaba acortar camino para darle estas telas a mi hermana. Es sastre, ¿sabes? -le decía enseñándole las telas que traía consigo en la cesta de mimbre, de diferentes texturas y colores pero de indudable belleza. La joven le sonrió con ternura.

-Son hermosas sin duda -la anciana asintió, orgullosa.

-No tanto como vos, querida…

-Blanca -respondió ella. Su sonrisa se apagó y el rostro se le ensombreció. Parecía haber escuchado algo- venid conmigo, señora. Esta noche será mejor que os quedéis en mi casa.

-Oh, no, cielo: no quisiera ser una molestia para una joven tan educada y amable como vos… -la aludida le quitó importancia al asunto con una amplia sonrisa mientras negaba con la cabeza.

-No lo sois, creedme. Venga, démonos prisa: la cabaña no está muy lejos de aquí.

-Oh, qué buena sois conmigo…

Tal y como dijo la muchacha, la cabaña no estaba muy lejos. Tenía un tendedero de madera roñoso cerca de la casa y un pequeño río que fluía como podía por los restos del hielo que aún quedaban.

La cabaña no era muy grande, de paredes de adobe y el techo de paja de pequeñas ventanas de la que salía luz y una única puerta de entrada, con una chimenea sobresaliendo de la cual emanaba un humo blanquecino.

-Ya hemos llegado -dijo Blanca abriendo la puerta y ayudándola a entrar- ven, siéntese en mi cama. Puede dormir en ella.

-Pero, ¿y dónde dormiréis? Una joven tan bella como vos necesita mejor una cama que una vieja andrajosa como yo, querida…

-Insisto -repitió con dulzura mientras la acomodaba en la cama- ahora, tumbaos y dejadme que os traiga un poco de estofado que queda en la cazuela.

Se dio la vuelta, dejando el arco, el carcaj y el bastón apoyados en la pared. Cogió un plato hondo de la alacena y unos cubiertos, fue hacia la cazuela que reposaba en el fuego de la chimenea. Echó un poco de estofado sobre el plato, se dio la vuelta para llevárselo a la anciana y se llevó una sorpresa al verla completamente dormida. Hasta daba sonoros ronquidos, pareciendo que iba a tragarse la casa.

Se encogió de hombros y se comió el estofado en la mesa, sin mucha prisa.

-Blanca, te lo hemos dicho ya muchas veces -decía una voz severa. La buhonera entrecerró los ojos, medio despierta y algo desorientada, para observar a los presentes que estaban en torno a la mesa. Eran unos hombres de estatura media, rondando el metro con sesenta.

-Lo sé, pero…

-Cielos, Blanquita: con este corazón dorado gran reina serás algún día, mas temo que por

ahora tu vida no puede tener tantos gestos conmiserativos -dijo una voz alegre y risueña mientras rasgaba un laúd.

-Domingo, Alegre… sé que tenéis razón… -cubrió el rostro con las manos, dando muestras de su cansancio- pero al verla no pude resistirme a ayudarla y… cielos, Miércoles me matará.

-No, mi niña -dijo en tono conciliador el primero en hablar- se enfurruñará contigo y luego se le pasará, no te preocupes.

Se abrió de golpe la puerta de la cabaña y entró precipitado un hombre con el cuerpo empapado de la lluvia del exterior en el que tronaban feroces los relámpagos, muy seguido de otros compañeros. Uno era muy tímido, otro parecía que era mudo y el último de ellos mostraba una cara de continua somnolencia.

El que los lideraba respiraba agitado y los ojos fuera de las órbitas. Buscó, salvaje, hasta recaer la mirada en la anciana buhonera que reposaba en la cama de Blanca. Con una mordaz mueca se acercó a ella a grandes zancadas.

-¡Tú, maldita puta de mierda! ¡te mato, yo te mato, hideputa!

-¡Miércoles! -gritó alarmado Domingo. Vestía de púrpura y un sombrero de fantasía. Sus ojos eran grandes y claros, con brillo inteligente en la mirada. Su rostro estaba surcado por marcadas arrugas y barbas que le crecían a los lados de la cara de color gris, con una gran y destacable nariz- ¡cálmate, hombre! ¿qué pasa?

-¿Qué que coño me pasa, dices? ¿tú eres gilipollas o qué, Domingo? -medio gritó farfullando Miércoles mientras señalaba a la buhonera- ¡esta puta la vi en la taberna cuando volvía para acá! ¡Y adivina qué le pasó a la taberna! ¡Está… ! -las palabras se le atragantaron, sin ser capaz de decir más. Un pesado silencio y escalofrío los recorrió a todos.

Desde hacía años, los enanos conocían la taberna y a su dueño casi desde que la abrió o quizá cuando se mudaron a vivir al Bosque. No recordaban con exactitud. Pero siempre le habían tenido cariño.

-¡Y esta puta ha hecho algo! -la miró con asco y un profundo rencor imposible de describir- era extraño ver a alguien como tú por ahí, ¡y maldición, que acerté!

-Miércoles, deberías…

-¡Cállate ya, joder! ¡esta puta va a vérselas con mis puños y después ya echaré la bronca a quien tenga que hacerlo o yo qué sé que me pasará! ¡limpiaré la mugre del suelo con tu piel, bruja! Con el puño alzado fue hacia la anciana, quien ya se cubría como para intentar defenderse del golpe directo. Pero este nunca llegó. Sacó la cabeza y todos estaban en inquieto silencio. La tensión podía cortarse.

Blanca estaba entre ambos con los brazos levantados cuya mirada lo contemplaba desafiante, pero serena. Podía estar temblando por puro miedo desde lo más hondo de su interior, pero no dio muestras. Miércoles parpadeó, sin dar crédito.

-Blanca, ¿pero qué… ?

-Nuestra niñita ya se ha hecho mujer, ¡y qué mujer, tan valerosa de corazón como el más noble león! -dijo rasgando el laúd Alegre- y nuestro forzudo hermano Miércoles paralizado por la mirada de una nobleza pura como la luna misma en el firmamento. Qué bello. ¡Compondré un

romance tan hermoso que… !

-Por los Reyes de las Montañas de Aer-Morden, cállate -se quejó Domingo, sin dejar de contemplar lo que ante ellos sucedía.

-No te permitiré que le pongas la mano encima, Miércoles -dijo al fin Blanca- yo la he traído a casa y si has de castigar a alguien, a mí sea. Pero no te consentiré que le pongas la mano a una anciana inocente incapaz de defenderse.

-Pero, Blanca… yo… -ella negó con suavidad moviendo la cabeza.

-Me da igual, Miércoles. No tienes pruebas para acusar a una anciana y, mucho menos, alzar el puño contra ella.

La buhonera contemplaba todo en silencio, con ojos inquietos yendo de un lugar a otro. Se sentó en la cama, se levantó con cierta torpeza y arrastrando los pies se acercó a su defensora. Ésta la miró extrañada y con una dulce sonrisa, o eso pretendía, hizo que se apartara a un lado. Cogió su bastón para tener donde apoyarse y lo miró directamente a los ojos. No supo por qué, pero Miércoles dio unos pasos atrás. Había algo en esa vieja que lo asustaba.

Para sus hermanos no pasó inadvertido este hecho.

-S eñor enano, disculpadme si mi aspecto, reflejo mismo de las penurias padecidas en mi vida, recuerdo también de la edad, os espantan. Pero este es mi aspecto y es tan cierto como que soy una anciana que va a entregar unas telas a su hermana. Lamento profundamente lo que ha pasado a ese hombre. Os vi en la taberna y se os veía unidos, muy unidos, tanto como a vuestros hermanos y a esta joven que tratáis como vuestra hija. Pero, permitidme recalcar que no soy una bruja: solo cumplo con mi trabajo de vender baratijas por los caminos o pueblos mientras me dirijo a la casa de mi hermana. En caso de molestar, no se preocupen, que ya me voy yo pa’casa de mi hermana.

Dicho eso, recogió la cesta de mimbre y se encaminó a la salida. Los enanos que estaban en la entrada dejaron el camino abierto, estupefactos, mientras la anciana se acercaba para salir al exterior donde las lluvias torrenciales parecían no parar nunca.

-Por favor, quédese -dijo de pronto la voz de Domingo. Ella paró y giró con un suave frufrú de su vestido, mirándolo sin entender- Esta noche no pinta bien y se la ve muy cansada, señora. Quédese hasta recuperarse y en caso de necesitar algo no dude en pedírnoslo -terminó con una sonrisa educada y la anciana, dudosa, asintió la cabeza.

-Oh, buenos señores, no sé qué decir… me siento…

-Ahora, descanse, que le hace falta -interrumpió Blanca llevándola a su cama y ayudándola a tumbarse, mientras colocaba el bastón y la cesta pegados a la pared.

-Sois tan buenos conmigo… -Domingo le quitó importancia con un gesto.

-No se preocupe -dijo y miró a sus hermanos que aun estaban en la puerta- venga, chicos: cerrad la puerta que se cuela… espera, ¿cuándo ha dejado de llover?

Todos se percataron entonces, como si se hubiese roto una burbuja, que la lluvia había cesado. No tendría por qué llamarles tanto la atención: estaba entrando la primavera y el tiempo estaba revoltoso.

Lo llamativo en sí de ese hecho era la luz que desprendía la luna. Era fantasmal, de ultratumba. Pero no era frívolo o siniestro. Simplemente estaba ahí, con la neblina.

Domingo se acarició la barbilla, pensativo. Luego miró de reojo a la buhonera, quien estaba comiendo el estofado al igual que el resto de los enanos quienes se habían sentando entorno a la cama. Cantaban, hablaban a gritos y en desorden, reían. Incluso Miércoles, a pesar de sus recelos, parecía haberse soltado un poco. Pero ahora él quien sospechaba de ella. Frunció el ceño y asomó la cabeza.

Nunca antes he visto la luna de ese color tan… ¿azulado?

-¡Domingo, deja de pensar de una vez y siéntate a nuestro corrillo a comer, beber y cantar las delicias de lavida! ¡esta dama qué cosas tiene tan divertidas que para nuevos romances da!

¡corre, hermano, y canta con nosotros! -el aludido miró a Alegre. Suspiró profundamente y sonrió de oreja a oreja.

Una vez se sentó con los suyos, observó a la anciana que comía poco a poco como buenamente podía y participaba en las conversaciones respondiendo a las preguntas que le hacían o alguna pequeña intervención que realizaba, pero participaba poco. No era capaz de quitarle el ojo de encima y más de una vez se habían cruzado sus miradas. Fue durante unas fracciones de segundo… Lo suficiente como para intuir que algo en esa mujer no iba bien. Había algo más allá de su

cara vieja y marcada de sendas arrugas, de sus manos temblorosas y de esos ojos… era como si realmente no pudiese distinguir un color exacto en ellos. Podía percibir un brillo que le ponía el vello de punta. Se preguntó si la aparición de aquella mujer tendría relación alguna con el estado de la luna de aquella noche. He de preguntárselo, se dijo, seguro que ella sabrá algo que se nos escapa. Mientras tanto, no he de quitarle el ojo de encima.

El día siguiente pasó sin mucho percance. Blanca se quedó en la casa y la buhonera la ayudó dentro de sus posibilidades a limpiar la casa, tender la ropa. Los enanos, antes de que Blanca viviera con ella, también solían hacerlo (normalmente Alegre lo solía hacer con gusto: era el que más trabajaba de los siete y siempre silbaba alguna tonadilla alegre para animarlo mientras hacía las tareas) pero no tenían mucho tiempo ya que ellos trabajaban duro en las minas más profundas, donde los humanos no alcanzaban debido a que ellos eran los más expertos.

Los enanos habían ido a ayudar en las tareas de buscar a algún superviviente de la taberna y a dar el pésame a los familiares. No volverían a la cabaña hasta la mañana del día siguiente.

Llegó la segunda noche de la estancia de la buhonera en la cabaña. Hacía frío, pero aún así se quedó en el exterior improvisando un porche con lo que tenía mano. Estaba cubierta con una manta que Blanca le dio y observaba el cielo.

-Hermoso, ¿verdad? -dijo Blanca apoyada en el marco de la puerta, con una taza caliente entre las manos para entrar en calor- siempre que puedo salgo al exterior para contemplar el cielo plagado de estrellas. Me recuerdan… -calló y su rostro se ensombreció.

-¿Quieres contármelo, pequeña? -le preguntó cordial la anciana, ofreciéndole que se se sentara en su silla. La aludida reclinó la oferta educada.

-Me temo que no puedo decir nada -respondió tajante, sin conseguir que el tono no fuera excesivamente duro.

– Lo último que debiera hacer nuestro pasado es acosarnos con sus fantasmas y demonios,

Blanca -dijo con tranquilidad la anciana volviendo la vista al cielo cuya luna estaba más azulada que la anoche anterior- , y debiera ser contado como una de las tantas historias que se narran entorno al fuego. O por lo menos, es como veo yo el pasado. No es lo que te hace ser realmente: son tus decisiones presentes.

– Ya, pero aun así el pasado fue presente alguna vez -respondió ella taciturna- . De mi pasado hay cosas de las que me arrepiento y ojalá pudiera cambiarlas.

– Oh, mi dulce niña -empezó la anciana cogiéndole la mano y apretándosela con fuerza, intentando infundirle valor- dudo mucho que hayas podido hacer algo horrible en tu vida.

– Quizá no sea tan buena como piensas -dijo sombría con una sonrisa tensa- a veces pienso que si nuestras vidas nunca se hubieran cruzado… -su rostro se ensombreció. La anciana frunció el ceño, preocupada.

-¿Qué quieres decir?

-Hace muchos años, cuando yo no tendría más que diez u once años, conocí a un hombre. Era maravilloso. Increíble. Me sentía segura entre sus brazos. Su risa era cantarina. Sus abrazos eran tan cálidos y reconfortables… oh, cielos. Adoraba ese hombre.

>No recuerdo exactamente qué pasó después del entierro de su padre y un caballerizo, él cambió. Y más aún durante los años posteriores. Se casó con mi madre, ¿sabes? y se convirtió en mi padrastro.

-¿Quieres decir que… abusó de ti, mi niña? -preguntó con voz trémula- qué hombre más asqueroso …

-Oh, claro que no -dijo entre risas nerviosas- realmente no tengo queja alguna sobre él como padre. Era muy cariñoso, atento y la mayoría de las cosas que aprendí fue por él. Sin embargo… -cerró los ojos con fuerza y respiró hondo. Los abrió y le dedicó una amplia sonrisa, aunque triste- Seguiré pensando que el hombre bueno que fue cuando lo conocí sigue en su interior, a pesar de todo.

-Me recuerdas a la hija que una vez tuve, pero que la tuberculosis se la llevó de mi lado…

-se secó una lágrima indiscreta- ella, a pesar de las desgracias que padesimos, siempre sonreía y miraba las cosas buenas de la vida… me recuerdas tanto a ella… -Blanca se la acercó y abrazó con fuerza.

Blanca sacó una silla al exterior y se sentó al lado de la buhonera. Juntas contemplaron la nocturnidad de la noche y, por vez primera, se fijó en lo extraña que estaba la luna. La neblina parecía haberse vuelto más densa. La hierba, las hojas, los árboles, el viento en sí… parecían revoltosos. Como si intentaran advertir de un gran cambio.

-Empieza a hacer frío -dijo de pronto la anciana. La miró de reojo. Parecía algo tensa y tiritaba un poco- ¿por qué no volvemos dentro? Se estará mejor, querida.

Blanca asintió y la ayudó a levantarse, llevándola hasta la cama. Estando ya en ella, la anciana se arrebujó en la manta y se sumió rápidamente en el sueño. Mientras, Blanca recogió las sillas, cerró la puerta y avivó el poco fuego que quedaba en la chimenea. Se sentó frente al fuego a calentarse y a re flexionar.

Por vez primera cayó en la cuenta que algo no andaba bien… después, cayó en un profundo sueño sin darse cuenta.

Al despertar a la mañana siguiente tenía el cuerpo entumecido. Se estiró como pudo, crujiéndole las articulaciones, y se dio cuenta de que había una carta en la rendija de la puerta. Se agachó, no sin antes mascullar alguna que otra maldición, la recogió y abrió, leyéndola presurosa. No era capaz de dar crédito: se había producido un hundimiento y tenían que quedarse allá para trabajar en las minas. Parpadeó, incrédula.

No tenía que sorprenderla el hecho de que se produjera un hundimiento. Era habitual, no demasiado, pero lo era. Sin embargo, lo que no alcanzaba a comprender era ese repentino «rescate». Estaban en la semana en la que ningún minero trabajaba y ninguno en su sano juicio se atrevería a romper ese descanso porque lo único que querían era estar con su familia. Entonces, ¿cómo era posible que algo así hubiese dado lugar? Sin poder evitarlo sus ojos fueron hacia la buhonera que seguía durmiendo y roncando a pierna suelta. Frunció el ceño, recelosa… ¿no había pensado algo así la noche anterior y … ? agitó la cabeza: tenía que hacer guardia por los alrededores y debía darse prisa. No le gustaba la idea de dejarla sola, pero no le quedaba otra. Ya encontraría alguna dríada que vigilase la casa en su ausencia entre los árboles o los arbustos. Cogió la llave colgada cerca de la puerta, salió y la echó.

Hasta que no bien entrada la tarde, Blanca no volvió a casa. No había pasado mayor percance que el de estar la chimenea encendida y abierta las ventanas para ventilar la cabaña.

Al abrir la puerta se encontró, para su sorpresa, a la anciana terminando de barrer el suelo.

Al verla, dejó a un lado la escoba y fue a recibirla.

-¡Ay, mi niña: me tenías tan preocupada! -exclamaba ella mientras la abrazaba con fuerza- no sabía adonde habías ido. He preparado la comida y te he hecho un regalo un tanto especial… espero que te guste -salió corriendo hacia las mantas y sacó un vestido blanco como la nieve, de seda y adorando con volantes. Blanca parpadeó, incrédula. La buhonera sonreía de oreja a oreja- ¡ve, corre, mi niña, y pruébatelo!

-Pero si este es… -ella le quitó importancia al asunto con un gesto de la mano.

-Lo encontré por ahí y decidí hacerte un regalo para agradecerte todo lo que has hecho por mí. ¡Vete y pruébatelo! déjame verte cómo te queda.

Sin más palabras, le puso el vestido y la hizo subir a la habitación de arriba a cambiarse.

Minutos más tarde, Blanca salió de la habitación vestida. Parecía una mujer totalmente distinta. Se había limpiado la mugre y lucía una piel suave, emanando de ella un ligero aroma a lilas. Bajó las escaleras, subiéndose un poco la enagua, y fue hasta la buhonera quien había limpiado un espejo de cuerpo entero que había estado cogiendo polvo en lo más profundo de la cabaña.

-¡Por los Doce, mi niña… ! ¡estás… eres… ! -lloraba de la emoción. La agarró por los hombros y la llevó frente al espejo- ¡mírate, mi niña! ¡eres bellísima!

-Yo no me…-calló ante la imagen del espejo. ¿Cuántos años hacía que no miraba su

reflejo? ¿tanto había cambiado en esos años desde… ?

-Déjame ponerte esto, Bianca. Te quedará perfecto -interrumpió la anciana sus pensamientos… y cayó en lacuenta.

-¿Cómo me has llamado? -dijo mientras intentaba darse la vuelta, pero sin darle mucho tiempo. La anciana le ató al cuello un lazo de terciopelo rojo como la sangre- nadie me llama así…

-Desde hace años -terminó la mujer con una voz que no era la suya. Era una voz distinta, pero familiar. Un escalofrío la recorrió entera. No era capaz de girarse, pero podía verlo claramente en el reflejo del espejo. Seguía siendo esa vieja buhonera con apariencia de alcahueta, pero esos ojos… esa mirada… era imposible no olvidarla. Se acercó a su oreja y le susurró con siniestro deleite las siguientes palabras-: te encontré, pequeña Bianca. Y siempre lo haré.

Se echó a un lado al tiempo que Blanca caía como un peso pesado al suelo, retorciéndose, luchando por intentar quitarse aquel lazo maldito que apretaba cada vez más y más. Oprimiéndole la traquea. Dificultándole el poder respirar. A pesar de tener la visión empañada, podía ver el rostro de la buhonera que sonreía de sádico triunfo y cómo llameaban, salvajes, sus ojos. Mientras tanto, la anciana dejó de prestar atención lo que estaba sucediendo frente a sí y recogió la cesta sin ningún atisbo de arrepentimiento, caminando sin necesidad del bastón que había estado usando el cual se pudrió y cayó también al suelo.

-Alabo tu ingenio, Bianca. Me ha llevado más tiempo del que pensé en encontrarte y a pesar de mis incesantes búsquedas y agónicas esperas tuve que esperar hasta el día de hoy para, por fin, acabar con tu miserable vida. ¿Que por qué? –rio a carcajadas- , ay, querida. Tengo muy poco tiempo en realidad, por lo que debo ser breve. Recuérdame en la otra vida que mi astucia pudo contigo, hija. Y, tranquila –susurró a su oído con indiferencia–, ya me encargaré de que nadie te encuentre. Ni tus enanos ni tu amado chucho.

Una vez dicho, salió de la cabaña sin prestarle la más mínima atención a los intentos de Blanca por retenerlo. Cerró la puerta tras de sí, miró al cielo con ojo crítico y chascó la lengua. Había perdido demasiado tiempo. Dio unos pasos atrás, metió la mano en la cesta y lanzó al aire varias de esas telas hermosas que en el vuelo se convirtieron en espinos y zarzales. Envolvieron la casa hasta que no quedó rastro de ella. Abandonó el lugar, sin ápice de arrepentimiento alguno, tarareando una alegre tonadilla y con paso acelerado. Debía de salir del Bosque antes que la luna llegara a su cenit o tendría problemas.

Ya el sol estaba prácticamente oculto, quedando algún que otro haz en el cielo, cuando estaba inmerso en las profundidades del bosque evitando las raíces levantadas y sospechando de cualquier ruido. Sabía que no podía confiarse demasiado en el bosque y menos aún estando el perro rabioso en él. No sabía exactamente dónde estaría, pero lo que sí tenía claro que tarde o temprano darían con la cabaña y estaría en grave peligro.

-¿Tanta prisa tienes por abandonar el Bosque, amiga buhonera? ¿no te resultaba más fácil ir a través de él para ayudar a tu hermana? -preguntó arrastrando las palabras una voz detrás de sí.

Maldijo por lo bajo y se giró con lentitud, forzando una sonrisa. Debía darse prisa. El tiempo volaba y debía de llegar pronto a la salida del Bosque si quería tener alguna posibilidad de sobrevivir.

Era Domingo quien le había hablado. Estaba solo. Con los brazos cruzados ante el pecho y una pierna apoyada en una raíz sobresaliente. Salió de allí y se acercó a la anciana.

-Oh, no quería robaros más tiempo. Me voy antes de que salga la luna, estimado Domingo. Mil y una gracias por…

-¿Por qué, buhonera? Más bien yo por lanzar un embrujo a un humilde pueblo minero para que nadie pudiese salir de él o, quizá, por matar a unos inocentes en una taberna por cruzarse en su camino. Tu disfraz ya no te sirve, Víctor -el aludido permaneció impasible ante las palabras del enano. Se irguió cuan alto era y lo observó, despectivo- puedo ver tus ojos sin ningún velo que lo impida. Ese verde color del diablo…

-Aplaudo entonces por tu astucia, Domingo -respondió él sin camuflar la voz. Poco a poco su disfraz se iba deshaciendo. La barbilla prominente le colgaba de una forma imposible al igual que la nariz. La piel falsa de anciana le quedaba colgante, como si le sobrase, y parecía que se resbalaba con lentitud inexorable- y si me permites preguntarte…

-Oh, sé que tienes que irte ya -señaló al cielo- la Luna Azul. Un fenómeno que ocurre cada cien años. El Bosque Azul queda totalmente indefenso, a merced de cualquier fuerza maligna pueda entrar, pero a la tercera noche renace más fuerte y vigoroso que nunca. Si no sales antes de que la luna llegue a su cenit -hizo una señal con el dedo pulgar en el cuello- no te robaré más tiempo del necesario salvo… ¿qué le has hecho a Blanca, Víctor?

-No conozco a ninguna Blanca, Domingo -respondió él mordaz- solo conozco a una chiquilla cuyo nombre empiece por esa letra pero abandonó el reino hace años, tras asesinar a su madre. Y cualquiera que le dé cobijo, es cómplice de alguien que cometió tal acto atroz.

-Claramente, su majestad -respondió burlón el enano haciendo una parodia de reverencia-

. Pero también, si me lo permite, recordarle que esa chiquilla tuvo que matar a su madre porque cierta persona no erradicó la peste hasta ser coronado ser rey a pesar de tener el poder para hacerlo.

-¿Eso crees? Curioso. Otro que me acusa de provocar agonía a una pobre enferma. Seré muchas cosas, Domingo, pero sádico todavía no está dentro de mi personalidad. Como le dije a cierta libélula, prefiero ser refinado a la hora de hacer el mal.

-¿Y qué más me da a mí? -respondió él cansado de tanto parloteo- responde de una vez qué le has hecho a Blanca o si no…

-¿O si no, qué? -preguntó siniestro Víctor, a tan solo unos centímetros de él. No sabía cómo ni cuándo, pero había aparecido frente a él en un abrir y cerrar de ojos.

Entonces, se produjo lo que tanto deseaba el enano y lo que más temía el brujo.

El aullido del lobo.

El enano sonrió triunfante ante la repentina palidez del brujo.

-Ya no eres tan confiado, ¿verdad, brujo? -su expresión se volvió despectiva.

-¿Y tú no serías mejor un enano de jardín? Creo que harías mayor gala a los de tu especie, Domingo -y dicho esto, el enano no pudo decir nada más. Quedó clavado en el suelo, con un dedo levantado, la boca entreabierta como si fuera a responder algo y la piel tirante, de tacto rugoso.

Se había convertido en una estatua. Víctor sacó unas telas más del cesto y las echó al suelo con cuidado. Éstas reptaron, alcanzaron a la efigie del enano y comenzarlo a trazar espirales en torno a la misma hasta convertirse un remolino de colores chillones.

-Lleváoslo lejos:que tarden en encontrarlo -ordenó entre susurros sin perder la autoridad de su voz y se marchó de allí, provocando un suave frufrú en el vestido.

Había perdido mucho tiempo. Miró agonizante el cielo: la luna aun no había llegado a su cenit, pero el aullido del lobo estaba más cerca. Más temprano que tarde acabaría alcanzándolo y sabía que no podría hacerle frente por mucho que quisiera. Metió la mano en la cesta y fue sacando una tras otra las pocas telas que quedaban. Éstas reptaban deslizándose sin tocar el suelo, obedeciendo silenciosas las órdenes de su amo, desapareciendo en la oscuridad.

Estaba cerca de la salida. Su corazón latía acelerado. Ya casi podía sentir que ponía pies en polvorosa y que podría estar a salvo…

Hasta que algo le hizo perder el equilibrio y rodar por el suelo, luchando contra alguien que le era ajeno. Hubo olor a quemado, acompañado por un grito de dolor y por fin Víctor pudo alejarse de quien lo había atacado. Era Miércoles el que intentaba apagar los rescoldos de un fuego verde. Una vez logrado contempló al brujo con desprecio e ira contenida.

-Maldito maricón de mierda, me las vas a pagar todas juntas -decía mientras sacaba el martillo, que era más grande que él, de su espalda- desearás no haber nacido, hideputa.

-¿Crees en serio que tú y tu martillo tenéis oportunidad de vencerme, Miércoles? -rio socarrón- vamos, enanito, eres lo suficientemente inteligente como para dejarme ir y olvidar que me has visto -le decía mientras se levantaba y sacudía el polvo del vestido. Recogió la cesta y contempló con curiosidad al enano. Estaba rojo de ira y le palpitaba la vena de la sien.

-Hideputa… te mataré. Tú y solo tú eres el culpable de todos mis problemas…

-¿Te refieres a tu problema con la ira? No sé, quizá debieras ir a algún especialista que habrá… oh, cierto. Ya solo quedáis tus cinco hermanos y tú -Miércoles palideció de golpe.

-¿Cinco… ? ¿qué quieres decir… ? -sus manos temblaron y resbaló un poco el martillo de entre sus dedos. Víctor asintió y se acercó a él con lentitud.

-Sí, Miércoles. Seis enanos. Como ha quedado Domingo dudo muchísimo que os pueda ayudar -mientras se acercaba Miércoles se tambaleaba . Ya estaba cerca, pensaba Víctor, solo un poco más y…

-¡No te creo, maldito maricón! -gritó el enano recomponiéndose y dirigió toda su ira en el golpe del martillo hacia el brujo, pero este lo esquivó desvaneciéndose y reapareciendo más alejado- ¡tú mataste a toda mi gente, hijo de puta! ¡tú destrozaste la vida de Bianca, cabrón de mierda! ¡toda tus mariconerías solo hacen dar vergüenza a la gente honesta que vive en Rocaoscura!

-Si por mariconerías te refieres al haber traído el tren a vapor, erradicar enfermedades mortales como la lepra o tuberculosis, haber construido universidades y escuelas públicas, erradicar el analfabetismo o haber conseguido que mi reino sea el más rico y poderoso en el panorama mundial; entonces, es verdad: soy una mariconamalvada.

¿Destrozarle la vida a esa mocosa? No me hagas reír, maldito engendro -sin previo aviso, Miércoles se alzó varios metros del suelo, sin ser capaz de emitir sonido alguno. Sus ojos se salían de las órbitas y el color de su cara cambiaba de rojo a morado. Víctor se acercó a él, con el rostro levemente ladeado y sin perder un ápice en su curiosidad- te lo advertí antes de empezar a luchar conmigo, enanito: ha sido una estupidez enfrentarse a mí tú solo…

Calló y el agarre invisible desapareció, cayendo como un peso pesado el enano al suelo. Recogió el martillo y se apartó un tanto, sin perder la sonrisa de alegría mordaz al ver a quien acababa de aparecer o la repentina palidez del brujo quien ya, prácticamente, había recuperado su aspecto.

Víctor se giró con lentitud y miró a los ojos de la fiera bestia que lo observaba con ímpetu animal, a punto de abalanzarse hacia su presa. Lo poco que quedaba de su forma humana era la caperuza roja y los pocos rasgos humanoides que se mezclaban con los de lobo.

-Cuanto tiempo, Encarnado -dijo Víctor impasible y con cordialidad, sin mostrar su miedo. Tanto el lobo como el enano podían apreciar el pavor del brujo a la bestia: ambos sabían que su magia no le serviría de ayuda- . Veo que no has cambiado ni un ápice. Me alegra ver que el tiempo sobre ti no hace destrozo alguno.

-¡Remátalo! -urgió el enano. Veloz como el pensamiento Víctor metió la mano en la cesta, arrojó el último retal de tela que le quedaba al enano y la cesta al lobo. Al tocar el retal, el enano salió volando por los aires hasta estamparse contra un árbol cercano y el lobo, en segundos, reaccionó corriendo hacia el brujo, esquivando lacesta.

Salidos de la oscuridad que brindaban los árboles, salieron telas que agarraron con fuerza el cuerpo del licántropo. Algunas solo lo agarraron por las extremidades; otras rodearon su torso para apretarlo e intentar asfixiarlo; otras, simplemente, atravesaban las articulaciones para herirlo y así debilitarlo… tardó unos minutos en dejar al licántropo, guardián del Bosque Azul, inmovilizado y quedarse inconsciente.

-Ha sidoun placer volver a verte, viejo amigo -susurró Víctor. Estaba acuclillado frente a Encarnado, cabizbajo y con una respiración lenta y acortada por culpa de las telas. Alborotó su cabello salvaje con cariño, pero más bien parecía como un gesto de indiferencia. Se levantó y giró sobre sus talones, produciéndose un suave revuelo en su vestido y yéndose a la tan cercana, ansiada, salida.

Paró en seco. Estaba clavado al suelo. Tragó saliva y miró al cielo. Sus peores miedos se confirmaron.

La luna estaba en su cenit, totalmente azul. Y él estaba bajo su luz, incapaz de hacer nada.

El viento comenzó a soplar en torno a él, como si estuviese en el ojo de un huracán. Los truenos azules comenzaron a tronar sin parar, furiosos. Alegres por tener algo que despedazar.

Otro trueno tronó en el cielo y cayó cerca de él. Su corazón latía rápido, su respiración entrecortada y dio un hondo grito de dolor cuando, a la vez, cayeron tres truenos fusionados en uno solo sobre él. Cayó al suelo, encogiéndose sobre sí mismo en postura fetal. Se revolvía en el manto negro,

ignorando lo que pasaba en su exterior.

Encarnado despertó, mareado, y vio con la vista desenfocada el abrazo de las telas suavizarse hasta caer sin vida. Miércoles despertó, desconcertado y llevándose una mano a la dolida cabeza. Acudió a ayudar a su amigo y juntos se apoyaron el uno sobre el otro, contemplando con horror lo que ante ellos se levantaba con soberano esfuerzo.

Era una figura demacrada, ennegrecida por los truenos que cayeron sobre él. Pero parecía ileso. Su entrecana y ondulada melena se mecía a merced del viento. La propia figura se contempló a sí misma, pero no pudieron divisar reacción alguna en su rostro debido a su estado.

Sabían la ira descontrolada que latía, ferviente, tras aquellos ojos verdes que relampagueaban deseosos de desatarlo todo y acabar con todo aquello que estuviera a su paso.

Y antes de que pudiera hacer algo, un resplandor azul chocó contra él y le hizo rodar por el suelo, envuelto en humaredas zafíreas. Encarnado y Miércoles dirigieron la mirada hacia donde provenía el resplandor y vieron a Azul, erguida cuan alta era, en una actitud recelosa. Mientras, Víctor trataba de levantarse sin mucho éxito.

-Tu magia ya no tiene efecto aquí, brujo -dijo sentenciosa el Hada- . El Bosque ha recuperado su fuerza y está expulsando tu veneno, ése que durante años mancilló sus vírgenes tierras y sagrados árboles -al decir aquello se percataron que la hierba relucía un vivo verde y que estaba creciendo nueva vida, como árboles o madurando frutas que hacía años que no aparecían- . Vete de aquí y muérete fuera del Bosque: no quiero volver a verte en mi tierra, brujo.

El brujo se levantó finalmente con esfuerzo, intentó erguirse pero se tambaleaba. Estaba débil. Contempló el cielo, con la boca seca entreabierta y sus ojos vacíos, incapaces de expresar algo. Bajó la mirada directamente hacia al hada, después al licántropo y después al enano. Sonrió o más bien hizo la mueca y después intentó decir algo, pero solo movía los labios.

Veloz como el pensamiento y recompuesto ya del golpe dado antes, el licántropo se armó de valor y fue corriendo hacia el brujo con las zarpas abiertas dispuesto a degollarlo ahí mismo. Cuando estaba a unos centímetros de él, a la velocidad del rayo una sombra más negra que la noche lo repelió e hizo retroceder. Se recuperó y al verlo, se le erizó el vello.

Era el mayordomo que conoció aquel día en Rocaoscura. Se giró y recogió a su señor, quien era incapaz de oponerse y estaba inconsciente. Observó a los presentes con fría ira e y en especial a Azul le dedicó una sonrisa sarcástica.

Se quedó observándolos un poco más. Parecía que iba a decir algo, pero tal y como vino, se fue.

Víctor
Víctor
15,20 EUR
Víctor
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Sobre el autor:

 

Me llamo Alejandro Miranda Rodríguez,

Soy graduado en Filología Hispánica, con Mención en Filología Hispánica, por la Universidad de Sevilla. Además, tengo hecho el curso de Formación de Profesor de ELE llevado a cabo por el Instituto Cervantes y Universidad de Sevilla junto con mi titulación en el máster MasEle, Máster de enseñanza de español como lengua extranjera y otras lenguas modernas, de la Universidad de Sevilla, y miembro de la asociación de escritores de España, conocida como CEDRO, después de una espera de cerca de 15 años desde el año 2019.

De igual manera, y en paralelo con estas titulaciones y los respectivos estudios que he realizado, estuve trabajando como voluntario para la Cruz Roja como profesor de español para inmigrantes y refugiados. Como prácticas docentes estuve en el centro ISA Study Center de Sevilla, en la Calle Brasil, o en el Instituto de Idiomas de Sevilla durante un corto periodo de tiempo, antes de dedicarme por completo a la oportunidad que me brindó el centro ISA.
También, he estado trabajando en mis proyectos literarios pues una de mis pasiones, además de dar clases hablando de literatura o el dibujo es escribir, y he publicado en revistas culturales o literarias como en Itimad o La Cabina de Nemo, alzándome como ganador con el relato ‘Caminante Nocturno’. También llevo publicando desde los 14 años, con la última publicación de mi novela Víctor, una revisión de cuentos de hadas, que podrá encontrar la más reciente entrevista llevada a cabo por Verónica Ojeda, del periódico El Correo por los mensajes que transmiten como la representación del Colectivo LGBT+, la identidad de género y las relaciones sexo–afectivas dentro de la envoltura de la magia y la fantasía, con próximas publicaciones a la vista y presentaciones por Sevilla.

Alejandro Miranda Rodríguez

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