Relato.

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Empecé pintando piernas, minúsculas, frías piezas de metal , todas iguales, con zapatitos rojos, algunas salían torcidas, parecían piernecitas rebeldes con ganas de bailar, a pesar de ser las más animadas, esas piezas iban a parar a un cubo, donde acababan todos los miembros retorcidos que no eran aptos para divertir a los niños.
Tras años allí pasé a pintar brazos, delicados y aún más pequeños que aquellas piernas de zapatos rojos. Poco a poco mi pulso mejoró y alguien allí arriba debió darse cuenta, pues un día me hicieron cambiar de sección y llegaron a mis manos bonitas cabezas, rubias y morenas, con los labios también rojos y largas pestañas.
Aquellos días nunca hubiera pensado que llegaría a ser director de esta gran fábrica de juguetes.

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Textos por Diana Colomer.

 

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